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De “Crímenes” y “Culpa” de Ferdinand Von Schirach.

Francisco Castillo

Por Francisco Castillo

Abogado de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Licenciado en Derecho y Magister © en Derecho Penal de los Negocios y de la Empresa. Universidad de Chile. Igualmente es Diplomado de Reforma Procesal Penal, Universidad Alberto Hurtado y actualmente es Profesor de Derecho Penal en la Universidad Andrés Bello. Su práctica profesional comprende la negociación y resolución de controversias de forma extrajudicial, así como el ejercicio de acciones y defensas en juicios penal-económicos, civiles, comerciales y acciones constitucionales ante los Tribunales Superiores de Justicia.

Para quienes nos dedicamos a litigar en asuntos criminales, la justificación frente a terceros ajenos al sistema de justicia penal, de los roles que en su interior ejecutamos los abogados, es diferente según sea el interviniente. Mientras que para un querellante, la respuesta es cómoda, pues le basta con decir que representa a la víctima, sin perjuicio de a veces descubrir que algunos, inescrupulosamente inventan esa calidad para justificar su intervención profesional; para un abogado defensor, a quien le bastaría con decir que representa a seres humanos respecto de quienes se discute su culpabilidad, siempre inocentes mientras no se demuestre lo contrario, la justificación está lejos de ser fácil. Por el contrario, las personas perciben que se trata de un rol que entorpece y ralentiza el funcionamiento de la justicia. Hasta que necesitan uno.

Ferdinand Von Schirach, connotado abogado penalista alemán, y ahora, adelantado escritor, nos ha remecido con sus dos primeros libros titulados “Crímenes” y “Culpa”, en que reúne una serie de cuentos, brillantemente narrados, y a los que llega a partir de su experiencia profesional. Cada relato, es una formidable clase, sobre cómo puede describirse a un imputado, o cómo puede contarse su historia, para revelar a todos que se juzga a un ser humano, no a un animal. En la virtud de lo breve, como si fuera un alegato, con cada cuento, el autor reflexiona sobre aspectos importantes acerca de la pertinencia del castigo, y como aquel a veces, pareciera no ser la solución más justa. En cada historia, Von Schirach se redime del caso contado, quizás incluso asumido.

Reivindica al defensor y se defiende diciendo –en todo caso, con absoluta razón- en Summertime: “…un agente de policía…dijo una vez a un magistrado…que los defensores no son más que frenos en el coche de la justicia. El juez respondió que un coche sin frenos no sirve para nada…”.

Aplaude –o más bien le recuerda- al juez consciente, de la carga que sobre él pesa en cada decisión de libertad, y así en Legítima Defensa, nos dice: “…que el verdadero sentido de la independencia judicial era que también los jueces aspiraban a dormir tranquilos…La posición del juez de instrucción es acaso la más interesante dentro de la justicia penal. Puede echar un vistazo a cada caso, no tiene que soportar aburridas vistas orales y no debe obedecer a nadie. Pero ésa es sólo una de las dos caras de la moneda. La otra es la soledad. El juez de instrucción decide solo. Todo depende de él, manda a la gente a la cárcel o la pone en libertad. Hay maneras más fáciles de ganarse la vida…”.

En el conmovedor cuento El etíope, nos invita a entender la labor del fiscal y la irrenunciable ambivalencia a que está obligado –en todo caso, no muy distinta de la de un abogado privado, a veces defensor, a veces querellante- diciendo: “…la fiscalía…obra con neutralidad. Es objetiva, investiga también las circunstancias eximentes, y por eso nunca gana ni pierde: la fiscalía no tiene más pasiones que la ley. Sirve exclusivamente al derecho y la justicia. Al menos en teoría. Y en general es así mientras se instruyen las diligencias preliminares. Después, en el acaloramiento del juicio oral, es frecuente que cambien las circunstancias y que la objetividad empiece a resentirse. Es humano, porque un buen fiscal nunca deja de fiscalizar, y es harto difícil fiscalizar al tiempo que se guarda neutralidad. Puede que se trate de una tara en el tejido de nuestra Ley de Enjuiciamiento Criminal, puede que la ley exija simplemente demasiado…”.

Con cada cuento el lector se impresiona, de sí mismo, por alegrarse del destino sabido de cada personaje, constatando que el derecho penal funciona, a veces en una frecuencia menos evidente, o como dice Von Schirach en El etíope: “…Nuestro derecho penal es más sabio, hace más justicia a la vida, pero también es más complicado. El atraco a un banco no es siempre sólo el atraco a un banco…”.

El virtuosismo del autor, invita a la lectura seguida de sus libros, sin interrupciones, para pasar del cariño a Frank Michalka, y acto seguido, solidarizar con la víctima de Fiestas, aborrecer a los miembros de la banda, y conocer como se llega a la verdadera adultez profesional, a la pérdida de inocencia, por haber ganado cuando se debió haber perdido.

En fin, en ADN y Niños, la velocidad de la culpa interior, tiene un ritmo vertiginoso que no espera a la justicia, mientras que en El otro, la culpa no se presenta en el acusado, y sin embargo, es útil. En Soledad, el autor nos presenta nuevamente el dilema moral del aborto de quien fue gestado a partir de una violación; y en Justicia, nos advierte sobre los peligros de la desidia profesional, por incidir en personas de carne y hueso; mientras que en Compensación, nos advierte acerca de lo seductor que puede resultar la venganza como mecanismo de resarcimiento.

El lector, a esta altura, estará cansado, porque serán muchas emociones, y Von Schirach, cerrando una verdadera sinfonía de dos grandes obras, nos entrega un último cuento, Secretos, para reír y quitarnos la tensión de todos los cuentos anteriores. Simplemente, extraordinario.

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